domingo, 23 de septiembre de 2012

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Esos hijos de clase media alta que hablan todo en inglés simulando gritar en voz baja

a los no-lectores

Más vale tener amigos que ene enemigos
amigos con que salvar 
las interminables tardes de domingo
bajo la lluvia y el frío que no dan ganas de nada
bajo el sol y el calor que no dan ganas de nada
Y las horas de insomnio 
en que no hay cómo agarrarse un miserable sueño
Los momentos desesperantes de la pega
en que matar al jefe sería poco
Esos ratos muertos en la micro o en colectivo
o haciendo cola con tu celular a mano
o sentad@ a la mesa con toda la familia reunida
cuando uno siente que la vida está en otra parte
o cuando te da un bajón de ésos
que suicidarse sería lo de menos
y un botón verde te dice ¿hola cómo estás?
y te dan ganas de vivir un día más
por eso, en un día tan raro como éste
en que nació un escritora más
para desgracia de sus padres que la soñaban médico
a todos mis amigos les deseo larga vida
Que se muera uno de ustedes
es como morirse de a poco uno mismo.
Uno existe en el acto y momento de ser leído
Eso es todo. Ni más ni menos.
Gracias por permitirme existir.

jueves, 16 de agosto de 2012

ññññ

Adoro ese lastimero placer que evoca el recordar con nostalgia.
Díganme masoquista; Y bueno, sí lo soy.
Necesito, de vez en cuando, uue esos momentos dolorosos me hagan una visita.
Así no caigo tan fuerte para la próxima.

Nos leeremos en otra oportunidad.
 Besos a los no-lectores.


PD: En algún momento me hubiese gustado que alguien leyera esta página. ¡Cuánto han cambiado las cosas!

domingo, 15 de abril de 2012

Aplastamiento de las gotas

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto ¡zup!, ahí va, ¡plaf!, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

 En ocasiones, quisiera ser una gota.

 

tararará


Hay días en que el café me hace feliz